“El kirchnerismo nació para quedarse”


Fue el gran protagonista de organizar la voz de los poderes públicos en la discusión de una norma que sintetiza, como ninguna otra, la manera en que los grupos empresarios concentrados tensionan la autoridad del Estado y la defensa de los intereses nacionales. Por eso insiste en que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, más allá de su contenido y la manera en que previamente fue consensuada en todo el país, es un símbolo de esta época. "Formar parte del equipo de Cristina, para nosotros es un orgullo", reconoce. Y con el "nosotros" se refiere a Nuevo Encuentro, una expresión nacida como partido local en 1999, cuando Sabbatella llegó por primera vez a la intendencia de Morón, y que hoy se muestra dentro del universo kirchnerista "sin mezquindades ni especulaciones, al servicio de la defensa y profundización del camino liderado por la presidenta". Para el titular de la AFSCA, "la derecha hubiese querido que el kirchnerismo no naciera. Pero como nació, y se lo tiene que fumar, lo que intenta ahora es clausurarlo definitivamente. Pretenden que para ellos haya sido un mal trago de la historia, y para nosotros, algo que en un tiempo recordemos con nostalgia. Pero eso no va a pasar. El kirchnerismo llegó para quedarse."

–Los veranos suelen ser momentos de supuesta calma y rearme político. Da la impresión que la oposición está a la expectativa, como viendo con qué salir en un año que será importante, previo a una elección nacional.
–Yo diría que está absolutamente desconcertada. Se preocupó por hacer creer que venían escenarios que nunca llegaron, hablando del fin de ciclo y la crisis terminal. Esperaban un resultado electoral distinto, y hoy encontramos que nuestro frente es la fuerza política más grande de la Argentina, con mayoría parlamentaria en ambas cámaras. El arco opositor en su conjunto, articulado por intereses corporativos y por la estrategia de Magnetto, intentó siempre dibujar una crisis ficticia. Y la explicación es que no se le cae una sola idea. Puede ser que estén a la expectativa, analizando cómo se paran y se organizan, pero los desconcierta no saber la manera de armar una propuesta que pueda convocar mayorías en el país. Fijate que uno de los argumentos es la supuesta debilidad del proyecto nacional, nada más lejos de lo que ocurre realmente. El proyecto no sólo está consolidado en el plano nacional, sino que además, y esto también fue cuestionado, ofrece un liderazgo pleno por parte de Cristina, que trabaja más fuerte y segura que nunca.
–A propósito, los argumentos que los opositores usaban antes contra la presidenta eran que monopolizaba la palabra y ejercía excesivo protagonismo. Y ahora, que no aparece tanto y delega. Como aquel poema de Nicolás Guillén: "me matan si no trabajo, y si trabajo me matan".
–Eso demuestra que el debate que plantean es poco serio. La presidenta dirige los destinos de la patria, hable más o hable menos, y el liderazgo y la responsabilidad de llevar adelante un gobierno no se miden por la cantidad de palabras. El tema es que la oposición discute cualquier cosa.
–Si hay un grupo empresario que sirve para ejemplificar la puja entre un Estado y una corporación, ese grupo es Clarín. Y la Ley de Medios también es la mejor muestra para ilustrar cómo se da esa lucha de intereses contrapuestos. ¿Cómo te sentís después de haber protagonizado un papel importante en esa pelea?
–La Ley de Medios es hija de este momento histórico. Si bien es producto de debates a lo largo de los últimos 30 años, y fruto del aporte de organizaciones políticas, sociales, gremiales y académicas comprometidas con la transformación de la comunicación para hacerla popular, federal y democrática, la ley es hija de este período. Un momento que ofrece como eje la distribución, y en este caso, la distribución de la palabra. La norma refleja la decisión de un proyecto que vino a poner en el centro de la escena pública la política misma. Que es como decir que el rumbo y el destino de un país lo marca el pueblo, y no una corporación. Porque más allá de lo comunicacional, el proyecto nacional ha resuelto esa tensión entre Estado y corporaciones en muchos otros terrenos, como la discusión por las retenciones en el campo. El mensaje es que la democracia esté pensada y ordenada en función de las necesidades de las mayorías. Tan simple y tan complicado como eso. Por eso digo que es lógico que la ley haya surgido en este momento histórico, al igual que otras normas rupturistas y transformadoras, como la de matrimonio igualitario. Son iniciativas que recuperan el valor de la política como una herramienta de cambio, capaz de correr la frontera de lo posible, de interpelar al poder, con vocación de cambiar las cosas, de enamorar y convocar a proyectos colectivos. Y con respecto a qué siento, es un honor que la presidenta haya pensado en nosotros para trabajar en esta tarea. Por eso la asumimos con la responsabilidad y el compromiso militante que merece el tema. Formar parte del equipo de la presidenta es un orgullo.
–¿Qué fue lo más importante en el año que pasó?
–El 2013 cerró definitivamente la discusión sobre la constitucionalidad de la ley. Se terminó la incertidumbre, y se terminó la estrategia del Grupo Clarín para preservar sus intereses corporativos, sus privilegios y su posición dominante. Una estrategia que apuntó a generar competencia desleal y ganancias millonarias en el mundo de la comunicación, y extorsionar a los poderes públicos, no sólo ahora, sino desde hace décadas. No olvidemos que Clarín moldeó su cuerpo gracias a vínculos oscuros con la dictadura, y a privilegios conseguidos en la década del '90 cuando el país se hundía y ellos crecían, extorsionando a los cableoperadores pymes con el monopolio del fútbol para fundirlos y luego comprarlos. A lo largo de estos cuatro años, desde la sanción de la norma hasta la declaración definitiva de constitucionalidad del año pasado, el grupo mintió y desvirtuó la realidad, para no cumplir con esa sanción. Frente a ese intento, el triunfo del Estado en la audiencia pública fue demoledor. Un verdadero homenaje a los debates de estas tres décadas democráticas, a Néstor Kirchner, que generó la mística para que esos debates volvieran a la Argentina, y al coraje de la presidenta, que decidió llevar el proyecto al Parlamento.
–Los días previos a esa audiencia se comentaba mucho acerca de la defensa que el grupo haría de su postura. ¿Sorprendió el bajo nivel de argumentación?
–Yo creo que las dos posiciones quedaron muy claras. Por un lado la de Clarín, y por el otro la del Estado, que defendía el derecho a la información, a la libertad de expresión, y a la comunicación como un derecho humano, y el rol del Estado para garantizarlo. Es verdad, la postura del grupo fue inconsistente frente a lo que uno imaginaba: tener que encontrarse con estudios importantes de abogados, análisis técnicos y esas cosas que permite el dinero. Pero el tema acá es que no estamos frente a una cuestión de buenos o malos abogados, o de disponer de plata para contratar a los mejores profesionales. Nuestra tranquilidad pasaba por el hecho de que no se puede defender lo indefendible. Porque para defender lo indefendible no necesitás abogados, necesitás magos.
–Bueno, un buen abogado puede dejar libre al peor criminal, o limpiar de responsabilidad al grupo empresario más oscuro.
–Puede ser, pero realmente creíamos que se les haría imposible sostener una postura cuyo único fin es monopolizar la palabra, frente a tantos argumentos que la democratizan. Si alguien tenía dudas sobre la constitucionalidad de la ley, en esa audiencia las pudo despejar. Quien creyó que podía estar por encima de las normas, que podía llamar a cualquier funcionario y decirle lo que tenía que hacer, como estaba acostumbrado, de repente se dio cuenta que eso no lo podía hacer más. Y no tenemos que remontarnos a mucho tiempo atrás para dar ejemplos. Hace pocos meses, ellos llamaron a De la Sota y a Macri para que sacaran leyes locales que fueran en contra de leyes nacionales. Magnetto daba esas órdenes, y Macri y De la Sota obedecían en fila, porque creían que para posicionarse mejor en el arco opositor tenían que hacer buena letra con el grupo. Ahora, esos personajes también estuvieron obligados a respetar el 7 de diciembre como fecha límite para la presentación de planes de adecuación, un hecho que también significó un gran triunfo político que dimensiona el poder del Estado y el mensaje de que todos somos iguales, sin coronitas.
–Hoy, con la certeza de que la ley es plenamente constitucional y con la presentación de los planes de adecuación de todas las empresas excedidas, incluido el grupo Clarín, ¿cómo continúa el trabajo de la AFSCA?

–Ahora resta terminar de analizar y estudiar en el Directorio todos esos expedientes, no sólo el de Clarín. El deber de la AFSCA es ser muy rigurosos para que absolutamente todos los grupos cumplan la ley en su totalidad. Y en eso queremos ser muy claros. Porque cumplir la ley es cumplirla toda, no se puede cumplir en pedacitos. Y esto lo digo porque un tema que sigue generando resistencia en el Grupo Clarín es el respeto a la grilla, aún con fallos de la justicia que marcan la obligación de adecuarse al ordenamiento de las señales. Vuelvo a algo que vos mencionabas antes: más allá del contenido de la norma, la Ley de Medios es un símbolo muy fuerte de esta época, que ejemplifica la recuperación de la autoridad estatal sobre las corporaciones.
–¿Qué encontraste en la AFSCA en relación a la manera en que está monopolizado el mensaje en el país, más allá de Clarín?
–Ese es otro dato de la realidad, porque es cierto que en las provincias también hay grupos con niveles de concentración muy alta. Existe mucho de eso, y revertirlo será lo más importante que vamos a hacer de ahora en adelante. La ley para democratizar la palabra tiene dos grandes ejes: la generación de nuevas herramientas comunicacionales, y el enfrentamiento a la concentración mediática. El primer eje lo marcan la aparición de nuevas radios, señales, productoras y canales, articulando el sector público y el privado, y las organizaciones comunitarias sin fines de lucro. El objetivo es que el pueblo tome la palabra con sus tradiciones, con sus tonadas, con sus costumbres, en cada rincón de la Argentina. Mientras que el segundo eje es terminar con la concentración de la palabra para garantizar que haya una multiplicidad de voces en cada región. Pero las dos cosas van de la mano. No hay forma de democratizar la palabra sin nuevas herramientas comunicacionales, pero tampoco si no se terminan esas tendencias monopólicas. Lo importante es aclarar que ese trabajo de generación de voces no lo hizo sólo la AFSCA, sino que fue posible gracias al aporte de distintos organismos públicos, como el INCAA, la Secretaría de Cultura, la Secretaría de Comunicación, o los ministerios de Planificación, Desarrollo Social, Educación y Trabajo.
–Hay un ejemplo claro de cómo, una simple resolución puede desarticular maniobras que los grupos mediáticos suelen practicar para desestabilizar. Me refiero a la obligación que ahora tienen los canales de informar la fecha de las imágenes que emiten. Muchas veces se ha visto que ponen al aire un supuesto saqueo o corte de ruta, y usando distintos planos, simulan que la situación se repite en varios lugares, generando caos.
–Está claro que los poderes mediáticos desarrollan estrategias permanentes para condicionar el rumbo del país o la democracia en muchos aspectos. Maniobras que, por otra parte, rompen los límites de sus intereses empresariales vinculados a la comunicación. Lo dije en la audiencia: la ley le da un tamaño a las empresas para lograr que no exista una posición dominante y que eso no lesione a otros, garantizando todas las voces, las que están de acuerdo, las que no, las que mienten y las que no. Pero no le da un tamaño a las empresas para condicionar al país y poner o sacar un presidente. Si querés poner a un presidente, tenés que armar un partido político y ganar elecciones. La AFSCA no opina ni se mete en contenidos, sino que regulamos para garantizar el derecho a la comunicación. Lo que decís de esa resolución es una muestra. Estás en tu casa, prendés la tele y tu barrio se incendia. No sabés si mandar o no los pibes al colegio, si quedarte o saltar por la ventana. Y de repente te das cuenta que aquello pasó hace más de una década. Lo que hicimos fue bloquear esa maniobra, reiterando que no nos metemos con los contenidos. Cada uno dice y pone lo que quiere.
–Cuando asumiste por primera vez la intendencia de Morón en 1999, lo que hoy es Nuevo Encuentro (NE) nació como un partido municipal. ¿Cómo analizás el crecimiento de la fuerza en el contexto del país, y a partir del surgimiento del kirchnerismo?
–Estamos muy contentos con el trabajo de NE como una de las fuerzas kirchneristas de la Argentina. Aparecimos como una expresión política en el gobierno hace 14 años, en un momento de crisis de representatividad y con la ausencia de proyectos nacionales que convocaran. Efectivamente era una propuesta local que cuidaba su construcción, pero siempre entendiendo la necesidad de ser parte de un proyecto nacional desde una perspectiva más amplia. Y esa propuesta local la construimos hasta que llegó el kirchnerismo, que nos fue enamorando, porque tiene que ver con los mismos valores que nos dieron sustento en aquellos momentos. Nos sentimos convocados, porque los mismos motivos por los cuales habíamos fundado ese espacio se estaban expresando en lo que Néstor Kirchner inauguró el 25 de mayo de 2003. Siempre decimos que tuvimos un vínculo de acercamiento natural, hasta sentir una pertenencia plena, y definir nuestra propia identidad como fuerza política en el "ser kirchnerista". Recuerdo que cuando nos preguntaban por la identidad de NE, decíamos que era un encuentro de distintas tradiciones y culturas políticas. Hoy, eso se ha resuelto, nuestra identidad se sintetiza en el ser kirchnerista. Es muy importante este debate en la Argentina actual, porque creemos que el kirchnerismo no es una identidad transitoria, sino una identidad fundante de un nuevo momento histórico en el país. Ser kirchnerista expresa mucho. El ser kirchnerista dice mucho en términos históricos, porque es un proceso político que dialoga y se nutre con lo mejor de la historia nacional y latinoamericana. Llamarse kirchnerista dice mucho del presente, por la intensidad de las transformaciones de esta década. Y decirse kirchnerista también ofrece una perspectiva hacia adelante. Si vos respondés "soy K", eso explica una posición en relación al Estado como garante de derechos y al valor de lo público; habla del compromiso con la integración regional para la construcción de la patria grande; habla de la convicción de construir la Argentina sobre la base de la memoria, la verdad y la justicia, y que el futuro habite en esa tríada. Decirse K es estar con la democracia y la justicia social, es querer recuperar la soberanía de manera integral. Es hablar del valor de las convicciones, de la militancia. El kircherismo ha construido un núcleo de ideas, de principios y de valores que dejaron atrás el pensamiento único y el modelo neoliberal. No es un momento y punto, sino que nació para quedarse, y es el nombre del campo nacional, popular y democrático en el siglo XXI. El desafío que tenemos por delante es que este proceso, inaugurado por Néstor en mayo de 2003 y que hoy lidera Cristina, marque los destinos y la defensa de los intereses populares por los próximos largos años. Al kirchnerismo hay que darle su verdadera dimensión fundacional .

"A la izquierda de Cristina está la pared"
Para Sabbatella, el kirchnerismo "expresa en este siglo la continuidad de la potencia plebeya de los grandes movimientos populares. Los motivos por los cuales alguien fue yrigoyenista a comienzos del siglo pasado, hoy se encuentran en el kirchnerismo, y los motivos por los que hoy uno se reconoce peronista también se expresan ahí. La razón por la cual uno podía identificarse 'de izquierda' en términos universales, en esta época también están claramente en este espacio. No hay nada más peronista que ser kirrchnerista, porque el kirchnerismo es el peronismo del siglo XXI. Y no hay nada más de izquierda que ser K, porque a la izquierda del kirchnerismo y de Cristina está la pared." 

–Visto así, no sólo es una incongruencia hablar de fin de ciclo. Ni siquiera se trata de un ciclo, algo que podría interpretarse como eventual y con un principio y un fin bien delimitados.
–Claro, porque muchos quieren instalar justamente eso, que lo que vive el país es algo pasajero. La derecha hubiese querido que el kirchnerismo no naciera. Pero como nació, y se lo tiene que fumar, lo que intenta ahora es clausurarlo definitivamente. Pretende que para ellos haya sido un mal trago de la historia, y para nosotros, algo positivo guardado en la memoria.
–Otra primavera.
–Sí (se ríe), que tengamos que recordar con nostalgia dentro de algunas décadas. Por suerte, nada de eso va a suceder, porque reitero, el kirchnerismo nació para quedarse y marcará la defensa de los intereses populares de aquí a mucho tiempo. No sólo eso: para nosotros, es la representación de esos intereses más allá de resultados electorales. Claro que tenemos vocación de gobierno y queremos ganar elecciones. Lo que digo es que lo que vos sos y representás, aquellos rasgos de identidad constitutivos, no tienen que ver con un resultado. Se construyó un nuevo sentido de pertenencia, una causa común que explica lo que querés para la patria. NE es una fuerza que, sin mezquindades ni especulaciones, está al servicio de la defensa y profundización de ese camino liderado por Cristina.

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